domingo, 25 de julio de 2010

10. EL AYUDANTE

- Smith se arrodilló tras un arbusto.
Tomó aire y asomó lentamente la cabeza.
Ahí estaba, el tío de la foto, ¿cómo se llamaba? James. Eso es, el cerdo infiel.
Era su primer caso como detective. No había sido exactamente contratado, pero pensó que, mientras montaba la oficina y diseñaba las tarjetas, no le iría mal un poco de entrenamiento.
Cuando cogió el teléfono para pedir una pizza, la otra tarde, escuchó una conversación que su madre y Sophie Wilkins, una amiga de la familia, estaban manteniendo en ese mismo instante. En lugar de colgar, Smith había escuchado atentamente todas y cada una de las acusaciones de Sophie hacia su marido.
Estaba convencida de que tenía un lío.
Samuel Robertson cayó junto a él, sudoroso, agotado.
- Joder, Sammy, estás más gordo que la hostia- dijo Smith.
- Lo siento, John... yo...
- No me llames por mi nombre.
Smith lo miró.
- ¿Es ésa la indumentaria?
- Sí, estuve aquí ayer y robé un uniforme... Y... Bueno, eso quería comentarte... ¿No será peligroso?
- ¿El qué?
- Pues que... Si ayer me vieron por aquí, vuelva ahora, vestido precisamente con el unifor...
- No digas chorradas, ¿quién cojones se iba a dar cuenta?
- No sé... O sea...
- Pásame los prismáticos.
Smith miró la carretera. Eran las cinco de la tarde, y todo estaba en calma. Si los datos eran correctos, el cerdo iría al gimnasio tras comer con la guarra, como todos los días. Y, como todos los días, pagaría él, porque es lo que se hace en estos casos.
Si conseguían el ticket, tendrían una prueba irrefutable para pillarlo con el culo al aire.
- No entiendo muy bien por qué hacemos esto, John- dijo Samuel.
- ¿Qué no entiendes?
- Pues eso, no sé por qué hacemos esto... ¿No sería mejor fotografiarlos mientras están comiendo, por ejemplo?
- No, eso es una chorrada.
- Pero, es que...
- Calla, ya llega.
Efectivamente, James Wilkins, el cincuentón adúltero cruzaba la esquina que daba al gimansio y entraba en él, satisfecho, como quien acaba de echar un polvo.
Smith dejó los prismáticos en el suelo y sacó un cronómetro.
- Vale, ya está. Llegó tu hora.
- Pero...
- Cojones, Sammy... ¿Tú quieres dedicarte a esto o no?
- No sé... Sí... No sé... Eh... Igual no...
- Pues te lo piensas luego, ahora vamos a lo que vamos... No me obligues a hundirte, amigo... No sabes la información que tengo de ti, la de mierda que puedo sacar a la luz...
- ¿Qué?- preguntó Samuel, asustado.
- Tranquilo, no diré nada. Somos un equipo, ¿vale? Bien, pues ahora, recuerda: vas a su taquilla, fuerzas la cerradura como te he enseñado, registras su cartera y coges sólo el ticket... El comprobante de... bueno, lo que sea, ¿vale?
- Vale, vale... Lo haré lo mejor que pueda.
- Bien.
Y Samuel se levantó, a duras penas, y cruzó la calle.
Smith colocó los prismáticos ante sus ojos y miró. ¿Cómo iba a ser su ayudante ese gordo analfabeto con coleta? Virgen Santísima, si parecía una mesa camilla. ¿Y esa camisa azul? Si las del gimnasio eran rojas, ¿no? Joder, pénsó, eres la cosa más idiota que me he echado a la cara... Sammy, se dijo, vas a repartir pescado toda tu puta vida... En fin, eso es, entra y tráeme algo que pueda enseñar a Sophie la cachonda, algo que me asegure una mamada por lo menos.

Puedes descargar el vídeo aquí.

martes, 3 de noviembre de 2009

9. LOS HOMBRES DE POPESCU

Gordon no podía estarse quieto; recorría su despacho, de un lado a otro, sin parar, mientras Brubaker jugaba con su ipod, relajado.
- Descansa un poco, Gordy.
- No, no, no... Ya verás, será cojonudo...
- Oye, nadie más que yo quiere joder a Popescu, pero tampoco es como para ponerse así... El tren pasará de nuevo... el cabrón tiene intereses en Florida, ya le pillaremos...
- No, no... Hazme caso, tengo a la persona adecuada. Y esto nos ha caído del cielo... El mierdoso traidor no puede relacionarnos, lo tenemos donde queremos.
Brubaker se levantó y sacó un paquete de tabaco del bolsillo interior de la chaqueta.
- ¿Se puede fumar aquí?
- Claro que no... Pero hazlo; a mí me da igual.
- Oye... Estás... ¿lo estás diciendo en serio?
- ¿El qué?
- Ese tío... ¿es gafe?
Gordon sonrió.
- No, no sé... Yo no creo en esas cosas... pero si creyese... Joder, es un hijo de puta cabrón, que todo lo que toca... se inunda de mierda.
Brubaker encendió su cigarro.
Hacía diez años, el agente secreto Popescu llegó a Estados Unidos con una misión de colaboración entre gobiernos: unos mafiosos rumanos trataban de implantar en Long Island un laboratorio para sintetizar una droga alucinógena. Gordon y Brubaker, recien incorporados a las OE, las operaciones especiales que el gobierno nunca reconoce, formaron equipo con él y desmantelaron el local, matando a dos supuestos narcos. No encontraron nada y la prensa fue muy dura con los agentes. Popescu se volvió para casa.
Y ascendió como la espuma. Brubaker investigó sus cuentas y quedó claro que se había ido de la lengua: pasó a ser un tipo importante en Rumanía, aconsejando a Gobierno y Servicio de Seguridad. Y cobrando muy bien por ello.
Gordon y Brubaker volvieron a empezar de cero: se separaron y perdieron un par de años limpiando su nombre y chupando culos. Pero les fue bien, y Dios les daba una oportunidad.
Sonó el móvil de Gordon.
- ¿Smith?
- Dime Gordon, ¿qué tienes para mí?
- Espera, John... Te diré que Sam Brubaker, un compañero del FBI está en mi despacho... y escuchará esta conversación.
- Hola John... Gordon me ha hablado muy bien de ti -dijo Brubaker en voz alta.
- Ah... Hola Brundaker.
- Brubaker.
- Sí, eso.
- Verás John -dijo Gordon-, nos ha llegado una petición de Timişoara. ¿Sabes dónde esta?
- Eh... ¿Asia?
- No, es Rumanía, en Europa.
- Sí, es verdad, perdona...
Brubaker sonrió.
- Verás, el Timişoara se enfrenta al Zagreb y...
- ¿Están en guerra?
- No, no, es fútbol... eso que juegan con los pies, ya sabes...
- Ah, sí... Putos chiflados...
- Bien, pues resulta que el consejero Popescu se ha visto obligado a pedir ayuda a Estados Unidos, porque allí se lían a hostias por cualquier cosa... y el deporte va muy unido a la violencia... Y se temen lo peor.
- ¿Y vamos a mandar tropas?
- No, joder, ¿estás loco?
Brubaker encendió otro cigarrillo.
- Yo qué sé... Creía que me llamabas por lo de mi dinero...
- John, te he dicho que ésta... no es una conversación privada –dijo Gordon, guiñando un ojo a su amigo.
- Sí, perdona. Tienes razón...
- Popescu necesita un instructor, que entrene a un equipo de antidisturbios. Y tiene que hacerlo en tres semanas.
Smith no dijo nada.
- Había pensado en ti, John... Así podría pagarte un adelanto y... En fin, ¿cómo llevas lo de la agencia?
- Viento en popa... Estoy currando como nunca...
- Oh, entonces no te interesa el...
- Sí, sí... Me vendrá bien un poco de... ya sabes... con los chavales... ¿Pero qué tiene que ver Asuntos Internos con todo esto?
- Brubaker ha venido a pedirme consejo... Ahora atiende. Llegarán mañana. Te mandaremos el dossier por email, pero no le hagas mucho caso: dice que hay que prescindir de perros y que el grupo nunca irá a pie... pero Brubaker y yo pensamos que eso son mariconadas ¿no? Da igual que la comisaría esté a doce kilómetros... Que corran un poco les vendrá bien -llegó a decir, mientras trataba ahogar una carcajada furtiva-. Son una docena de gorilas, los mejores... y hacen de todo: en ese puto continente viven prácticamente en la edad media, ¿sabes? No importa lo fuerte que actúen... todo les parecerá bien, ¿vale?
- Entiendo... Perros... Sí, estoy de acuerdo... Y teniendo en cuenta lo que me dices... Si, todo encaja... Un poco de ejercicio antes de dar de hostias a esos putos locos... Espera que... me lo... apunto... Bien, bien... ¿Y ese Popescu... por qué no pide ayuda a los franceses?
- Eh... Verás... Porque... tiene intereses económicos en...
- ¿En Francia?
- Eso es confidencial, Smith –dijo Brubaker.
Gordon sonrió.
- Popescu nos ha llegado de rebote, Johnny... y tenemos que hacer un buen trabajo... Tienen que parecer entrenados por el mejor... Porque va a haber televisión, y periodistas... Joder, John, tienen que parecer putos ninjas, ¿estamos?
- Cuenta conmigo, Gordy. Soy el puto amo, ¿recuerdas?

Smith entrenó a los policías rumanos. El partido se celebró. Hubo diversos incidentes: muertos y heridos por decenas. Hubo televisión. Periodistas.

Smith cobró una suma considerable. Popescu fue obligado a dejar su cargo y el gobierno censuró casi toda grabación realizada ese día. Pero alguna se salvó y Gordon y Brubaker lo celebraron viendo este vídeo una y otra vez:

Puedes descargarlo aquí.

jueves, 29 de octubre de 2009

8. JUSTICIA CIEGA

- Ya no soy poli, Tom... ¿Qué puedo hacer?
- No sé... Jerome me dijo que te llamara, que tú sabrías... ¿Coincidiste con él en la gasolinera?
- ¿En qué gasolinera?
- En la del supermercado, donde lo detuvieron...
- Ah... Pues no sé... Sé que le vi hace poco, sí, pero... Es que he tenido una semana muy jodida, Tommy... Y, no sé... No sé nada.
Y era cierto. Sabía que había visto a Jerome, con su camiseta de fútbol, pero no recordaba dónde.
- El número de la camiseta... ¿a quién pertenece?
- John, es importante... Le va a caer un paquetazo...
Smith miro al techo, pensativo. Estaba sólo en casa y quería masturbarse con una revista que había comprado en una tienda, junto a la pescadería. Pero Tom había decidido ponérselo difícil, con esa visita tan inoportuna.
- A ver, Tóm... ¿No estaba haciendo terapia?
- Sí, pero ahora no quiere saber nada de eso, me dijo que tú...
- ¡No puede dejar la terapia, joder! El fiscal se lo comerá si no ve muestras de redención...
- No entiendo.
- Pues tendrás que hacerlo: Jerome es la prueba más clara de que no es posible reinsertar a un individuo peligroso.
- Jerome no es peligroso, vamos... Le conoces desde que erais críos...
- Sí, sí... pero no soy juez. Ni poli. Ni nada... Y lo que importa es que se puso a repartir, y se quedó solo... Nadie velará por él... Es así de jodida esta vida, hijo... Si fuera un militar... o un poli... sería el puto amo, ¿entiendes? Sería un puto gladiador... pero...
Y no supo qué más decirle.
Tom se levantó y se acercó a la puerta.
- Es que... Lo han despedido...
- ¿Ah, sí?
- Tenía un contrato especial... y ahora... La putada es que era el único que tenía ingresos. Vamos a perder el alquiler... Y los chicos no tienen para comer...
John no se planteó siquiera que le estuviera pidiendo dinero. Tomo aire, se acercó a él y le puso la mano en el hombro.
- Tommy, amigo... Tu cuñado la ha cagado. Pero tú puedes arreglar las cosas... ¿Saber qué quiero decir?
- No... eh...
- Mira, ya no soy poli... así que te voy a dar un consejo: roba.
- ¿Cómo dices?
- La ley, el orden... están bien; son necesarios para aplacar el instinto animal y vivir en sociedad. Pero cuando un negro como tú no tiene para dar de comer a su familia... Me cago en Dios y en todos los putos senadores... No llores, no supliques: coge lo que te falte. Eso lo dijo Martin Luther King, ¿no?
- No sé, no creo que...
- Pero no la cagues con Jerome. Él es puro músculo, pero cero cerebro... Elije una buena zona, el barrio latino, por ejemplo... Abre una de las lonjas y... En fin... Ya me entiendes...
- Pero... Joder...
- No seas marica, tío...
- ¿Y si me pillan?
- Están todo el día fumando mierda, y la poli no pasa por ahí ni para cagar... Es el lugar perfecto. Hazme caso, cojones...
Sonó el móvil. Era Gordon.
- ¿Gordon?.. Sí, sí... Lo del banco fue una cagada... Lo sé, lo sé... Eh... Ahora estoy con un cliente, te llamo en un rato...
Tom lo miró extrañado.
- Vuela amigo, y no te preocupes. No te cogerán...



Vídeo tomado de Pajarracos, que puedes descargar aquí.

martes, 6 de octubre de 2009

7. EL TRAJE DE PAPÁ

Smith se calzó unas sandalias. Le hacían parecer una chica, pero hacía un calor horrible y tenía que ir bien aireado para no sudar. La gente suda cuando tiene algo que ocultar; lo había comprobado cientos de veces.
Salió de su habitación y saludo a su madre.
- ¿Voy bien así?
- ¿Adónde?
- Al banco, ya te lo dije.
- ¿Pero eso no era mañana?
- Sí, pero he pensado en pasarme por ahí, a ver si todo está correcto...
- Pues así vas mal. Un desastre. Tienes que ir serio... Formal, elegante... Da igual que no necesites avalista. Esa gente no suelta el dinero así como así...
- Pero...
- Anda, entra y pruébate el traje ver si te entra, que no sé yo... ¿Cómo quieres que... yendo con esas pintas de...?
- Vaaale... ¿Me pongo el de la boda de Sarah? –preguntó Smith abriendo el armario.
- Claro, sólo tienes ése.
- También tengo el de papá...
Su madre se dirigió a la cocina.
Smith abrió otro armario. Luego entró en el vestidor de sus padres y lo revisó durante un rato.
- ¿Dónde está?
- Estaba viejo –dijo su madre mientras abría el horno.
- Era de papá.
- Estaba roto, sucio, viejo... y...
- Papá me lo dio a mí.
- Te quedaba pequeño y...
- Joder, te dejó la casa, el dinero, la pescadería, el...
- Todo lo mío es tuyo. Y de Frank.
Frank babeaba en su silla, ajeno a todo.
- Pero el traje era mío. Sólo mío. No tenías derecho.
- Me daba pena, ¿es que no puedes entenderlo? Tú no vivías aquí, no sabes lo sola que me he sentido... Las fotos, los... Todas las cosas de tu padre... Ya no aguantaba más...
Empezó a llorar. Sacó la bandeja del horno y la dejó en la encimera, sobre la tabla. Secó las lágrimas con el trapo.
- Casi todo lo que puede interesarte está en el almacén de Tío Jack. El traje... lo guardé hasta que no pude más... y lo llevé a la iglesia hace... seis meses o así, no sé.
Smith la miró. Luego se fijó en las galletas, demasiado calientes.
- Era mío.
Entró en su habitación, se vistió, cogió su maletín y salió por el jardín, mientras su madre lloraba a moco tendido en el sofá.
Caminó un par de manzanas mirando a la nada, hasta llegar a la pescadería.
- ¿Por qué me seguís? –preguntó en alto.
- ¿Eres John Smith?
Smith los miró: dos chavales, sudamericanos. Mala pinta.
- ¿Sois de una banda?
- Tenemos un mensaje que darte.
- El Señor Henderson sigue enfadado, ¿no?
Los chicos se miraron. No parecían entender a qué se refería.
- Imagino que querréis darme una paliza.
- Eh... Sólo es una aviso, sí...
Smith se sentó en el suelo. Colocó su cabeza entre las manos y se echó a llorar.
- Oye... tío...
- Lo siento, pero... es que, tengo... un nudo, aquí... que...
El más joven, de unos veinte años se sentó a su lado.
- ¿Qué haces? –preguntó el otro.
- Míralo, está hecho una mierda... No vamos a pegar a un pobre imbécil de esta manera.
- Joder, ¿y la pasta?
Smith levantó la cabeza. Tenía la cara empapada. Se miraron durante un siglo.
- Os invito a una copa.

Tras una docena de “cerdos locos” en el bar de Billy, todo se volvió confuso para Smith. Pasaron media noche en el chiringuito de Fred, donde se raparon levemente la cabeza en un gesto de hermandad alcohólica, y la otra media en el burdel de Annie. Pagó Smith. Todo, aunque no hizo otra cosa que llorar, tatuarse un brazo y beber en la barra.

A las diez de la mañana, salió de un coche robado y se dejó caer en la acera.

- Eh, Johnny –dijo Juan, el más joven, desde el coche- para que no pienses cosas raras... Lo hemos pasado de puta madre... Pero esto no cambia nada, ¿vale?
- Tengo que... ir... al banco...
- Ya, ya, por eso te dejamos aquí.
Pedro sacó su móvil. Empezó a grabar.
- Soy... detective...
- Sí, ya nos lo has contado...
- Tengo que... al banco...
- Está ahí mismo...
- Mi... padre... decía...
- Escucha. No te pases de listo. Somos colegas de Ricky, el hermano de Sonia, ¿entiendes?
Smith lo miró. Se apoyó en la pared.
- Si te preguntan, te dimos una buenas hostias, ¿te queda claro?
- Claro... Clarísimo... Joder... Sois... aco... jonantes...
- Y déjala en paz. Sabe que eres tú el que llamas...
- Joder, es poli, Johnny, tendrás el teléfono pinchado o algo, piénsalo –dijo el otro.
- Sois... ¿y mi... maletín?
- Se lo cambiaste a un negro por esa bolsa llena de bragas... Venga, vete al banco... Hoy es tu día de suerte, detective.


Puedes descargar el vídeo aquí.

jueves, 1 de octubre de 2009

6. ECHANDO UN CABLE

Vibró el móvil.
Se había olvidado de dejarlo en el salpicadero. Buscó en la riñonera y vio que era Gordon.
- ¿Sí?... Espera, que pongo en manos libres.
- Bueno... ¿qué te cuentas? - preguntó Smith, dejando en teléfono pegado a un imán, junto a la radio del coche.
- John... mira...
- ¡Enséñame la pasta!
- ¿Qué?
- Que me enseñes la pasta, tío... ¿No has visto “Jerry Maguire”?
- Eh... No, ¿qué es eso?
- Una peli cojonudísima de Tom Cruise, joder, tienes que verla...
- Bien, lo intentaré...
- Hazlo, hazlo, no te arrepentirás... Es “Maguire”, ¿eh? No “McGuire”, que mucha gente se confunde cuando les digo... Yo me harto a llorar cada vez que la veo... Va de un representante deportivo, que se pilla un negro que...
- John, no tengo mucho tiempo - cortó Gordon.
- Claro, claro, perdona... que has llamado tú... ¿Qué querías?
- Joder, quiero que dejes de llamar.
- Ah, es verdad... Te llamé ayer... ¿no?
- Sí, trece veces. Y antes de ayer, siete... y... Necesito tener el número operativo... Y no puedo anular el buzón de voz, ¿entiendes?
- Eh... ¿Te molesta que te llame?
- No... O sea, sí. Joder, aún no tenemos tu dinero, ¿vale?
- ¿Qué quieres decir?
- Pues que dependemos de los presupuestos. Y este año no estaba recogido ningún pago de este tipo...
- ¿No tenéis un poco apartado para... informadores?
- No eres un informador. Tu negativa a entrar en el programa de protección de testigos no nos deja muchas opciones.
- ¡Me cago en la puta!
- ¿Qué?
- No, perdona, Gordy... Un atasco... Un accidente... o yo qué cojones sé... ¿Dónde íbamos?
- Decía que...
- Ah, sí... No puedo cambiar de identidad, ¿qué pensarían los clientes?
- ¿Qué clientes?
- Los de la agencia. ¿Tú contratarías a un tío que tiene un pasado extraño?
- ¿Sigues pensando en montar una agencia de detectives?
- Claro, es mi trabajo. Por eso necesito el dinero, ¿es que no lo entiendes?
- Sí... Mira, ando con prisa... He hablado con un amigo de la Banca Morguens. Te dará un crédito...
- ¿Pero qué dices?
- Escucha... No suelen hacerlo, pero esta vez aceptará el futuro pago como aval, ¿entiendes?
- ¿Quieres joderme, Gordon? Porque sé muchas cosas y puedo tirar de la manta... Para empezar, puedo hablar con McCarthy, ¿sabes?
- John, te estoy haciendo un favor. El banco te adelantará el dinero, es sólo eso.
- ...
- Sólo eso. Apunta la dirección y pásate mañana por ahí...
- No puedo ahora, no tengo para... Además, parece que hay problemas, un imbécil ha atropellado a una vieja... Tengo que ayudar...
- ¿Cómo?
- Estos polis de tráfico, que no valen ni para tomar por el culo... Tendré que echar un cable... Te llamo luego y me comentas este asunto...
- No, no, no me llames... Te mando un mensaje al teléfono...
- Ah, bien...
- No me llames, ¿vale?
- Te dejo, la ambulancia tiene problemas para pasar...

Y salió del coche.

Fuera la cosa estaba tranquila, los coches pasaban de uno en uno, lentamente, curioseando. Nadie había atropellado a nadie; un camión había patinado con una mancha de aceite, golpeando una farola y bloqueando la calle. El conductor parecía ileso, aunque los enfermeros insistían en meterlo en la ambulancia.
- ¿Qué pasa aquí?
Nadie contestó. Smith se acercó a un policía joven que miraba a la nada apoyado en su moto.
- Chaval, soy Smith, de paisano.
- ¿Qué?
- ¿Cuántos años tienes?
- Veinticinco.
- Eres nuevo aquí, ¿no?
- Eh... No.
- Pues lo pareces.
El chico miró a Smith; lo reconoció de algún sitio, pero no supo decirse de dónde.
- Mira, la ambulancia va a tener dificultades para salir - dijo Smith.
- No es grave, ¿no? - preguntó el policía, refiriéndose al estado del conductor.
- ¿Eres médico? - escupió Smith.
- No.
- Pues no te pases de listo - y se quedó mirando fíjamente a la placa.
- Perdón, señor...
- Coge la moto y libera un carril de la general.
- ¿Cómo?
- Que pares el tráfico para que puedan trasladar a ese pobre diablo... ¡antes de que pierda toda la puta sangre del cuerpo, cojones!

El poli, nervioso, arrancó su moto.

Smith, satisfecho, volvió a su coche. Tenía una cita con el banco, pensó.

Puedes descargar el vídeo aquí.

jueves, 27 de agosto de 2009

5. JEROME

Smith salió de la tienda y se dirigió a su vehículo, malamente aparcado a la entrada de la gasolinera, mientras pensaba que, quizá, su compra no era la más indicada para adelgazar: ganchitos, tortitas, chicles, mantequilla de cacahuete...
- Eh, cabrón, ¿te parece un buen sitio para dejar el coche?
Smith se giró, asustado, y descubrió a un tipo enorme, sonriente, vestido con el modelo de camiseta que empezó a llevar a los veinte y nunca se quitó, ni para el bautizo de su sobrino: la negra, de fútbol, con el número 25, bien grande, en el pecho.
- ¡Jerome! Siempre con el uniforme, ¿eh? –se alegró Smith, que siempre se había preguntado a quién pertenecería ese dorsal.
- ¿Qué pasa, capullín? –le dijo Jerome dándole un abrazo.
Se conocían de toda la vida. Eran vecinos y, gracias a la amistad que unía a las familias Jerome le salvó el culo en el colegió en varias ocasiones. Hasta que los echaron, a los dos, por hacer un agujero enorme en el vestuario de las chicas.
- Vamos tirando, amigo... Acabo de llegar, como quien dice... ¿Tú sigues en el barrio? –preguntó Smith.
- Más o menos. Es que los jueves tengo terapia.
- ¿Por darle al frasco?
- No, qué va... Es que le partí la cara a un imbécil que no dejaba de poner música de mierda a todo volumen...
- ¿Y por eso vas a terapia?
- Me detuvieron y, como tenía antecedentes... En fin, era eso o la trena.
- Joder, ¿Cuándo pasó? Haberme llamado, te hubiera tocado el informe o lo que fuera...
- Lo pensé, lo pensé... pero justo apareciste en las noticias por lo de la anciana...
- Ah, ¿eso? No fue nada... No te creas todo lo que dicen en la tele... Joder, la vieja daba cobijo a terroristas y todo formaba parte de una operación encubierta...
- ¿En serio? –se sorprendió Jerome.
- Coño, ¿tú qué crees? Controlamos las emisiones de televisión y lanzamos los mensajes que nos interesan. La guerra contra el terrorismo no se hace en las calles... Es estrategia pura.
- Hostias, pues pensé que te habían despedido...
- Ná, todo lo contrario. Me mandaron a las playas, a vivir la gran vida hasta que se programase otro operativo... Pero los mandé a la mierda... Y he montado mi propio negocio: ahora soy detective; tengo mi propia agencia, hermano -dijo sonriente.
- ¡Anda!, ¿y dónde está?
- ¿Quién?
- La agencia... La oficina...
- Ah, bueno... Aún no tiene presencia física. Estoy evaluando la cartera de clientes potenciales para situarla en el lugar conveniente... Pero, esto no es importante... Dime, ¿cuánto tiempo tienes que acudir a esas charlas o... lo que sea?
- Terminé hace seis meses, pero sigo yendo porque me viene muy bien. Ya sabes, el problema es que no era capaz de canalizar la frustración. Me era más sencillo dar un par cachetes al crío en lugar de escucharlo y esas cosas.
A Smith se le escapó una carcajada.
- ¿Qué pasa? –preguntó Jerome.
- Pues que te están comiendo el coco.
- Yo no lo veo así, tío. Ahora entiendo que la violencia no es el camino para...
- Joder, no me sueltes chorradas: la violencia no es mala en sí misma. Sólo hay que tener cabeza para aplicarla correctamente...
- No tío, estás equivocado. Y aunque no lo estuvieras, el juez fue claro de cojones: si me pillan en otra trifulca me aplicará un castigo ejemplar...
- ¿Cómo te van a pillar?
- Cojones, tú deberías saberlo. Todo está lleno de cámaras y...
- ¿Cámaras?, ¿te refieres a estas cámaras? –dijo Smith, señalando.
- ...
- Son todas de mentira, tío... Hazme caso, con la crisis que hay, ¿en serio crees que estas mierdas de empresas pueden pagarse un sistema de seguridad? En serio, Jerome, me dedico a esto. Superviso a varias empresas y... No lo digas por ahí... Más del ochenta por ciento de las cámaras son falsas.
- Vaya...
- Y ahora piensa un poquito: somos estadounidenses... Tenemos obligaciones morales... ¿Qué crees que hacen nuestros marines cuando van a Nicaragua, Irak o... donde sea?, ¿parlamentar? No, tío, van a ser violentos. A dar lecciones. Los héroes de nuestra nación no consiguieron la independencia a base de tratados. Fue la sangre de los enemigos la que regó el árbol de... lo que sea... Y los negros... Hostias, seguirían recogiendo el puto algodón si fueran como tú... Pero alguien, con cabeza, decidió que era suficiente. Que ya bastaba de humillaciones y sinsentidos... Violencia inteligente: es la respuesta; hazme caso. Y que les den por el culo a todos.
- Eh...
- Bueno, ¿te llevo a algún lado?
- No, no... Estoy con mi cuñado... que se ha quedado haciendo cola en la tienda.
- Ah, joder, pues salúdale de mi parte...
- Sí, he salido porque había unos negros montando bronca y...
- ¡Ja, ja, ja! Jerome, antes repartías unas hostias como panes... Me hace gracia ver en qué te has convertido –dijo Smith metiéndose en el coche.
Mostró su pulgar, arrancó y salió de la gasolinera dándose cuenta de que se había olvidado preguntar el nombre del jugador al que Jerome homenajeaba a diario.
Jerome, aturdido, se dirigió a la tienda.

Descárgate el vídeo aquí. Videos tu.tv

martes, 25 de agosto de 2009

4. LA CARRERA

- Perdone... ¿No viene usted a ver a Laura?
- No, Enrique... vengo a ver a su padre -dijo Smith.
- De acuerdo, espere un segundo.
- ¿Está aquí... ella?
El mayordomo se detuvo y, sin girarse, contestó con desdén:
- Sí, la Señorita Laura está de visita, organizando los preparativos.
- Bien, bien, mejor... Bueno, no, mejor no... pero da igual... o sea... Llame al Señor Henderson, hágame el favor, amigo.
Enrique se perdió, incrédulo, en el interior de la mansión. Smith alejó cualquier pensamiento extraño, observando el exterior de la finca. No le importaba Laura; era agua pasada. Ni una lágrima más para ella.
Hacía ocho años que no visitaba a los Henderson y todo seguía igual. Igual de bien: viñedos, caballos, hostelería y empresas de todo tipo. Todo el mundo parecía trabajar para esa familia y, año tras año, aumentaba el pedazo de planeta que poseían. Estaba en el lugar preciso, pensó.
Alguién gritó en el jardín. Smith se pasó la mano por la cabeza, tratando de peinársela y llevarse el sudor.
Conoció a Laura durante una excursión con los boy scouts; ambos tenían quince años y se cayeron bien de inmediato. A los diecisiete eran novios. A los diecinueve estuvieron a punto de hacer el amor y decidieron esperar a casarse para empezar a tener hijos. A los veinte Smith confesó que quería ser policía y, dos meses después, el que iba a ser su suegro le hizo la vida imposible. Laura rompió la relación poco después y nada más supo de ella.
- ¿Qué cojones haces aquí?
- Señor Henderson, buenos días -contéstó sonriente.
Norman Henderson era un empresario multimillonario con un montón de gente a su servicio. Un hombre atractivo, viril y despiadado: nunca cambiaba de opinión; nunca repetía las cosas. Rodeó a Smith. Lo miró de arriba a abajo.
- Estamos muy liados, Johnny. Laura se va a casar el mes que viene... Con Mark, un chico estupendo...
- Entiendo, pero... No he venido por eso, Señor.
- ¿Ah, no? -se sorprendió el Señor Henderson.
- No, no... Su hija ya no me interesa. Me rompió el corazón y... aprendí a vivir con ello.
- De acuerdo... Están fuera, en la piscina... ¿Quieres pasar a saludar, poli?
Por alguna razón, el Señor Henderson odiaba a la policía. Quizá tenían algo que ver sus contactos con la mafia, relación que le permitió amasar esa terrible fortuna en tan poco tiempo.
- Ya no soy poli.
- ¿En serio?
- Lo he dejado, tengo... un negocio en mente.
El Señor Henderson se acercó a Smith. Parecía contento.
- Espera, espera... ¿Para eso has venido?, ¿no quieres ver a mi hija?
Smith carraspeó, ofreciéndole la bolsa de plástico que traía de casa.
- ¿Qué es esto?
- Una merluza. Mi madre se ha... Bueno, me ha dicho que a usted le gusta la merluza y cuando se ha enterado de que iba... en fin... la pescaron... no sé... Tiene buena pinta. Es de nuestra pescadería, ya sabe... la mejor de la zona, dicen...
- Sorprendente. Pasa –dijo el Señor Henderson dándole la bolsa al mayordomo.
En el jardín, Laura y Mark se besaban bajo una de las sombrillas.
- Esas manos quietas, amigo –dijo el Señor Henderson.
- Perdón, Señor, pero es difícil resistirse -sonrío, teatral, un hombre de unos treinta, guapísimo de melena rubia.
- ¿John? –preguntó Laura, sorprendidísima.
- Laura –contestó Smith, serio, haciéndose el interesante.
- ¿Qué... Qué haces aquí?
- Ha venido a participar en la carrera –dijo el Señor Henderson.
- ¿Ah, sí?
Smith no contestó. Sabía que no había que contradecir al Señor Henderson. Se sentó en el suelo y abrió una cerveza. Sudaba como un cerdo.
- Hola, soy Mark Wiggs, arquitecto.
- Smith.
- Es policía –dijo Laura.
- Ya no –dijo su padre.
- ¿Ah, no?
- No. Ahora me dedico a... otros menesteres.
- Ahora trabaja conmigo. Porque es un tío con pelotas, no un vago, ¿entiendes Mark? John Smith sabe lo que quiere, sabe levantar la cabeza y agarrar la vida por los cojones. No es un puto marica.
Smith escondió su nerviosismo tras la cerveza, que apuró de un trago.
Mark, ofendido, se puso en pie.
- De acuerdo, Señor Henderson, usted gana: correremos esa carrera. Y si gano yo, me casaré con ella. Y usted lo aceptará.
- Y si pierdes, sales de esta puta casa y dejas de ver a mi hija.
- De acuerdo.
- ¡Mark!
- Tranquila, llevo toda la vida conduciendo lanchas. Usted ponía las reglas: ¿algo que debamos saber?
- Que vamos por parejas.
- ¿Qué significa eso?
- Que vosotros vais en la de Laura y mi amigo Smith y yo en otra.
- Vale.
- Mark, no sé... John es poli.
- Era poli –corrigió Smith.

Media hora después, mientras Laura y Mark navegaban en círculos, Smith echaba un vistazo al casco que le había tocado.
- Parecen del futuro, ¿eh?
- ¿Qué dices?
- Eh... no... Señor Henderson, respecto a las razones que me han llevado a visitarle hoy...
- Déjate de chorradas. Quieres dinero, ¿no?
- Sólo un préstamo. Parece que un error burocrático está retrasando el cobro de mis...
- Hazme ganar esta carrera y te daré cincuenta mil dólares.
- Joder...
- Eras bueno con estas cosas, ¿no?
- Sí, sí...
- Pues venga...
- Ah, pero... ¿tengo que conducir yo?
El Señor Henderson se quitó el casco. Se acercó a Smith y lo agarró del cuello.
- Escucha, imbécil. Me caes mal desde el primer día que te vi. Eso lo sabes, ¿verdad? Pero a ese Mark, el arquitecto de la mierda puta... ¡Joder! A ése lo odio con toda mi alma. Sé reconocer a un hijo de perra ladrón en cuanto lo veo y tengo muy claro que ese rubiales no se va a quedar con el coño de mi hija... y mucho menos con mi dinero.
- Entiendo... Señor. A mí tampoco me parece trigo limpio; mis años en el cuerpo me han ense...
- Ahora quiero que entiendas una cosa: me juego mucho en esta carrera. Soy un hombre de palabra y tendrás tu premio... Pero si perdemos...
Soltó a Smith. Sonrió.
- Hace tiempo me dijeron que eras bueno conduciendo cualquier cosa... ¿Es cierto?
- Claro, claro... Norman...
- ¿Podemos ganar esta carrera?
- ¿Por cincuenta mil?
- Sí.

Arrancan. Enrique, desde el helicoptero, da la salida. Concentración. Smith ruge, es un tiburón, enorme, asesino. El mar, humillado, se abre ante él, le deja paso. Su mente, en blanco, le indica el camino. El tiempo se detiene. Va a ganar la carrera. Zen. Dios. Partículas subatómicas. En la tercera vuelta, a quinientos metros de la meta y con diez segundos de ventaja sobre la lancha de Mark y Laura, se da cuenta de que, por fin, las cosas van a ir bien. Llora de emoción, de poder; piensa en el Señor Henderson, en lo buen tipo que parece. Y en Laura, en que nunca la ha visto desnuda:

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sábado, 18 de julio de 2009

3. GORDON

- ¿No están muertos? –preguntó Smith.
- No. Afortunadamente...
- Ah, bueno, entonces no es tan grave... Le juro que...
- Claro que es grave. Ha condenado a un hombre a la silla de ruedas. De por vida. ¿Entiende? Le rompió tres vértebras, no sé cuántas costillas, un pie cercenado, la médula...
- ¿Lo he dejado parapléjico? Joder...
- Tetrapléjico.
Conoció a Gordon en unas charlas, de asistencia obligatoria, sobre derechos humanos, en Las Vegas. Congeniaron y dedicaron la semana a beber, follar con putas y destrozar la habitación del hotel. Pero de eso hacía ya diez años. No se habían vuelto a ver y el Hospital Central no parecía un buen lugar para recordar viejos tiempos. No después de lo que Smith había hecho.
Gordon abrió su maletín. Sacó dos carpetas y le dio una a Smith, que descansaba en la cama con la pierna en alto debido al esguince.
- Eso que tienes ahí es documentación que no vas a entender, porque la redactamos así a propósito. Básicamente, dice que dejas el cuerpo, que tienes que hacerte cargo de un montón de gastos y que es probable que termines en la cárcel. Una condena mínima: dos o tres años.
- ¿Quieren mandarme a la cárcel?
- Sí.
- Un poli en la cárcel es hombre muerto.
- Sí. He intentado rebajar ese apartado... por... en fin, por lo que sea... Pero quieren verte en la trena.
- Pero mi padre... y el capitán era...
- Todos te dan la espalda, Smith. Le has jodido la vida a un tío.
- ¡Eran yonkis, joder!
- No, era un mecánico.
- ...
- Y su hermano pequeño. Menor de edad. Tenemos una grabación...
- Joder. No puedo ir a la cárcel. Quiero un juicio justo... El instructor McCarthy... ¿Qué ha dicho él?
Gordon suspiró. Lo miró fijamente y le pasó la otra carpeta.
- Esto es un testimonio, incompleto, en el que testificas contra McCarthy.
- ¿Por qué? Es un poli con dos pelotas, no como esas mariconas de Asuntos Internos, que no saben lo que es la calle, ni cómo se tienen que hacer las cosas.
Nada más decirlo recordó que Gordon tenía un enchufe para trasladarse y ocupar un buen puesto, precisamente, en Asuntos Internos. Si estaba ahí, contándole todo eso, era porque, efectivamente, estaba en el ajo.
- Está metido en drogas –dijo Gordon.
- ¿Se droga?
- No... No lo sé, no es eso. Trafica con drogas.
- ¿McCarthy?
- Tenemos pruebas, pero son circunstanciales.
- ¿Qué pruebas?
- Léelo.
- Paso. No me interesan vuestras mierdas. Me queréis joder la vida a mí y se la queréis joder a él. Es mi amigo, ¿entiendes, Gordon?, ¿sabes lo que es eso? ¿Recuerdas lo que es eso?
- Tiene contactos con una banda organizada de Miami. Lo tenemos pinchado, pero no es legal y necesitamos algo de peso.
- ¿Y queréis que diga que yo sé algo?
- Sí.
- ¿Y me libraré de la cárcel?
- Sí.
- ¿Conseguiré un ascenso?
- Dejarás de ser policía. Pero tendrás una indemnización. Podrás montar... una panadería, un bar...
- Queréis que venda a un hermano para que me pase la vida sirviendo copas.
- A mí me da igual. Si no eres tú, será otro.
Gordon se levantó. Cogió su chaqueta y se dirigió hacia la puerta.
- Tienes hasta mañana para decirnos algo.
Y se largó. Smith abrió la carpeta.
La cerró de nuevo. Trató de incorporarse para mirar por la ventana, pero no pudo. Los sedantes que había exigido nada más ingresar lo habían atontado hasta convertirlo prácticamente en un vegetal. Ahora pasaban factura. Sacó la pierna de la correa, la tocó y la posó en el suelo. No le dolía. Ese puto médico de mierda tenía razón: no era un esguince.
Se levantó, abrió un armarito y sacó un paquete de tabaco de su pantalón. Abrió la ventana y sacó un cigarro.
- ¿No iras a fumar aquí, hijo de puta?
Smith se giró. Había otro paciente en la habitación, detrás de un biombo.
Se asomó: un viejo arrugado, enchufado a un millón de cables, lo miraba con odio.
- Policía cabrón, espero que te revienten el culo en la trena...
- Y yo espero que usted no vuelva a casa.
Y salió de la habitación.
Caminó por el pasillo, cruzándose con un montón de enfermos que llevaban sus penas a cuestas, hasta llegar a la zona de ascensores. Dos policías tomaban café junto a una máquina. Se dio cuenta de que estaban ahí para vigilarlo.
Putos traidores, pensó. Y se rascó el culo, que asomaba por la parte trasera del camisón.
Bajó por las escaleras pero se confundió de puerta y llegó hasta la zona de empleados de la limpieza.
- Eh, los pacientes no pueden estar aquí.
Dijo uno. Y se largó. Dejando la puerta entreabierta.
Smith entró, se quitó el camisón y se calzó unos pantalones que alguien había dejado ahí. Eligió una camiseta de su talla, un delantal... y se colocó una gorra de visera.
Se puso el cigarro en la boca y vio un cartel que indicaba que estaba prohibido fumar. No le importaba, pero pensó que Dios era un ser terrible y que, lo más probable, sería castigado si lo encendía.
Entró en uno de los vestuarios, y se asomó al baño. Parecía un buen lugar, salvo por los aspersores, que empezarían a soltar agua si captaban el humo. Bueno, sé cómo anularlos, se dijo.
- Oye, ¿dónde está Miguel?
Se giró. Un mejicano sacaba, sonriente, una fregona del armario.
- No sé, se habrá ido a cagar –dijo Smith.
- ¿Eres el nuevo?
- Sí.
- Ah, yo soy Andrés –dijo ofreciéndole la mano.
- Eh... Smith.
- Bien... ¿Por qué vas vestido así?
- No sé, ¿qué pasa? –dijo, dándose cuenta de que no se había puesto un uniforme de trabajo, sino la ropa de algún empleado.
- Nada, nada... Eh... Bueno, ya te han dicho qué hay que hacer, ¿no?
- Sí, claro, estoy al corriente de todo.
- Vale, pues ordena un poco la mesa y luego subes el carrito a la primera planta.
- Que sí.
Ordenar la mesa. Puto mejicano. Cogió una cartera y buscó dentro: “Roberto Rodrigo”. Cogió otra: “José Williams”... Todos eran inmigrantes. Este país se va a la mierda, nadie hace nada y, encima, Gordon quiere que declare contra McCarthy. En lugar de aplicar políticas de mano dura contra el crimen organizado se dedican a jodernos. Pues se van a joder ellos. Si tengo que ir a la trena, ya pediré dinero a alguien; con dinero ahí dentro eres Dios. Hablaré con McCarthy; él me ayudará. Nos caemos bien. Seremos como hermanos. Puto Gordon.
En el baño, vio la caja metálica que controlaba el acceso del agua a los aspersores. Cortó la llave de paso y golpeó la tapa con el puño. No se abría. Encendió el cigarro. Dio una calada. Le propinó una patada a la caja; tenía que abrirla para estar seguro de que todo estaba como tenía que estar. Le dio otra. La tapa se abrió.
Pero algo no iba bien.



Dejó al mejicano y subió a su habitación, corriendo. Entró; obvió el pitido que indicaba que algo no iba bien con el anciano; cogió una de las carpetas y la ojeó mientras abría el armarito; sacó su móvil.
Marcó.
- ¿Gordon? Oye... Sí, que ya lo he pensado... Claro, claro... Que se joda McCarthy y su mierda. Firmaré lo que sea. Sí, sí, cuanto antes...
Colgó.
Se quito la gorra, escondió los zapatos, se tumbó en la cama y se tapó con la sábana.
- ¿Qué pasa aquí? –dijo una enfermerá, sofocada, asomándose por la puerta.
- Este tipo, creo que está fatal. No he... No he podido avisar porque tengo un esguince y...

- Dios mío, justo ahora que... hay orden de evacuar... por una inundación... que ha reventado el sistema informático... Es un caos... Yo...
- ¡Venga ya! ¡Déjese de cháchara, imbécil! ¡Y que venga un médico, que éste se nos va!
Se fue. Smith cerró los ojos y pensó en su nueva vida: era, sin duda, un buen momento para abrir su propia agencia de detectives.


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sábado, 11 de julio de 2009

2. MCCARTHY

Rojo, verde, blanco... Es todo lo que Smith podía decir de esos coches: el color y la matrícula, nada más.
Quizá había llegado la hora de asumir lo que todo el mundo dio por hecho desde el primer día: no servía para policía.
Eran las siete de la mañana. No había tenido problemas para levantarse temprano porque no había pegado ojo pensando que, definitivamente, ésa era su última oportunidad de no tener que volver al pueblo, a la pescadería de su madre.
Ejercitó la mente, describiéndose a sí mismo el garaje de la central: poca visibilidad, una salida principal, dos... eh... un ascensor y escaleras, quizá... Una planta... Media docena de coches: dos con sirenas y los demás... de paisano... No, espera, no los llaman así... Secretos...
- ¿Agente Smith?
- Sí, perdón, soy yo... Estaba repasando mentalmente...
- Cállate.
El Instructor McCarthy, sin duda: en camiseta y pantalón de chándal, con coleta y sin ni una sola cana pese a sus sesenta años. Tenía fama de corrupto, pero nadie se atrevía a investigarlo.
- Así que eres tú... el que siempre la caga...
- ¿Eso pone ahí? –preguntó Smith, señalando el informe que el instructor ojeaba por primera vez.
- No sé qué pone aquí, porque a mí me la suda todo, hijo... ¿Me entiendes? Te han mandado aquí porque no vales ni para que te peguen un tiro...
- Bueno, es verdad que he tenido mala suerte... y es probable que mis anteriores...
- ¡Que te calles la puta boca, joder! ¿Qué hostias te has pensado? No soy un tío al que le tengas que hacer la pelota, imbécil.
- No era ésa mi intención, señor...
- Métetelo en la cabeza: no soy tu última esperanza... Soy tu castigo.
Smith enmudeció. Ese hombre se expresaba como él siempre había deseado.
- Elige un coche, nos vamos a dar una vuelta.
- Eh... Me es igual, no entiendo de coches.
- Ni yo. Ni nadie en esta puta ciudad. Vamos al rojo, que es inglés y tiene el volante al otro lado. Tú conduces -le dijo lanzándole la llave.
Salieron a la calle. Estaba amaneciendo, Smith no se aclaraba conduciendo un coche tan raro y la ciudad apestaba a borracho.
- Sube la puta ventanilla, Smith, que esta pocilga de ciudad huele a pota fresca.
- Sí, lo he notado, señor –contestó Smith, mientras caía en la cuenta de que desayunar un par de donuts secos no había sido una buena idea.
Subieron por la Avenida Principal. McCarthy miraba al infinito mientras encendía un puro enorme. Smith, nervioso, señaló a un grupo de travestis que se peleaban en una esquina.
- No pares. Que se maten entre ellos, putos maricas. Entra en la siguiente y tira hacia el centro comercial.
Y así lo hizo. El coche tiraba bien, aunque se notaba que tenía sus años.
- Escucha, estás de suerte, muchacho... Después de lo que hiciste... En fin... Te han mandado aquí porque quieren que te apriete las tuercas para que desaparezcas sin reclamar nada. Quieren dejarte en bragas.
- Pero... En realidad, sólo estropeé un quad...
- Sí, es lo que han puesto en el informe oficial... pero... tiene gracia... ¿en serio crees que te han expedientado por eso? -se carcajeó-. Joder, eres idiota... Saben que acosaste a Sonia Mendes. Todos lo sabemos: entraste en su vestuario, sin pantalones, lloriqueando no sé qué historias...
Smith enrojeció y los ojos se inundaron de lágrimas que McCarthy no vio gracias a las rayban. ¿Por qué no había sido capaz de ver que el coche rojo era inglés?, ¿qué mierda de policía no se da cuenta de una cosa así?
- Oye, que no te culpo. Esa putilla tiene un cuerpo que volvería loco a cualquiera... Y sé lo que me digo: me la tiré un par de veces, hace tres años. Me cago en Dios, cada vez que le iba a bajar la regla entraba en celo la muy perra...
- Sólo le... le pedí una cita. Ella lo interpretó todo mal porque...
- Me da igual tu mierda –cortó McCarthy-. Te quieren empapelar. Y para eso estoy yo... Pero esta vez se van a joder. Llevo cuarenta años haciendo el trabajo sucio, ¿sabes a qué me refiero?
- Sí –contestó Smith, aunque no tenía ni idea.
- Tengo mis ahorros, mis negocios... y una furcia de veinte añitos esperándome en Miami. Pero no me dejan; reducirán mi pensión a la mitad si me piro ahora... Joder, yo limpié esta ciudad de negros. ¿Sabías eso? Los mandé a todos al otro lado del río... y... Y así me lo pagan...
- Es un oficio duro.
- Qué sabras tú...
Smith frenó en seco. McCarthy fumo su puro.
- Señor...
- ¿Qué pasa, hijo?
- Haga de mí un policía de verdad. Deje que demuestre a todos esos burócratas de mierda que valgo para esto.
La radio dio un chispazo.
- McCarthy, ¿estás ahí?
- Sí, ¿qué pasa, Mary? –dijo al micro.
- ¿Estás con el nuevo?
- Sí. ¿Qué pasa?
- Dos yonkis, hombre y mujer, en la cuarta. Han robado a unos críos.
- Nosotros nos encargamos.
- Puedo llamar a Welsh, si andáis liados...
- He dicho que nosotros nos encargamos.
- Vale. Cierro.
McCarthy miró a Smith. Se atusó el bigote y señaló un callejón.
- Por ahí atajaremos.
Smith cerró los ojos y suspiró. Arrancó y, saltándose dos semáforos en rojo, enfiló por el callejón.
- Escucha, Smith. No sé qué te habrán enseñado, pero aquí las cosas se hacen a mi modo. Aquí nadie te va a decir nada si sueltas un par de hostias a un hippy. Mano dura. Dura de cojones... Es lo que necesita este lugar.
- Estoy de acuerdo, Señor. La gente decente paga sus impuestos para poder caminar tranquilamente.
- Bien, bien... Hoy alguien va a recibir lo suyo. Coge toda esa rabia contenida y sácala fuera; estámpasela en la boca al primer hijo de puta que no entienda quién manda aquí.
- Sí, señor, ya verá, los tengo cuadrados. Joder, mierda, a mí no me tiembla el pulso cuando las cosas se ponen crudas...
Pasaron la rotonda de las discotecas y adelantaron una furgoneta. El olor a puro era insoportable y Smith odiaba a todo el mundo: a los negros, a sus padres, a sus primos intelectuales y, sobre todo, a esa zorra de Sonia Mendes...
- Eh, ¡ahí están! –señaló el instructor.
- ¿Dónde?
- En la parada de autobús.
- Los veo, los veo... ¡Joder! ¡Los voy a matar! ¡¡Putos cerdos!!
- Espera, espera...
- ¡¡Los voy a matar!!
- Pero... ¿qué cojones haces, subnormal? –preguntó McCarthy, horrorizado.

Publicado originalmente en Roncando en el Nostromo el día 9 de Julio de 2009.

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1. SONIA

- No, me cago en Dios, no quiero que me expliques nada...
- Pero Señor, la vieja...
- ¡Y no la llames vieja!
- Perdón. La anciana... ella intentó...
- Ya sé lo que intento. Todos lo sabemos, joder, ¿es que no te das cuenta? Ha salido en las putas noticias...
Smith no aguantaba más. Esa gente, ese trabajo... Él pensaba que el cuerpo iba a darle la oportunidad de demostrar de qué material estaba hecho. Poner multas y dirigir el tráfico no era el tipo de vida con el que soñó cuando decidió, a los diez años, ser policía.
- ¿Y no podemos... no sé... demandarlos? Digo yo que tendré derechos de imagen, ¿no? No pueden llenar sus programas con grabaciones en las que salga una persona que no quiere salir, ¿no?
- En serio, Smith, ¿crees que voy a cagarla así?
- No sé... yo...
- Dios... Prometí a tu viejo que cuidaría de ti, pero es que es una tras otra, ¿lo entiendes? Y esta vez... No estamos hablando de robar material de oficina, o beber estando de servicio... Has agredido a un ciudadano. Me cago en la puta... “Servir y proteger”, ¿te suena de algo eso?
Smith mo respondió. No sabía qué decir.
- No puedo seguir cubriéndote, hijo.
- Me... ¿va a expedientar?
- No... No creo. Mira, si metiéndote un puro supiera que se iban a arreglar las cosas... Pero yo ya... paso. Que se ocupe otro de ti.
Smith contuvo las lágrimas. Se prometió a sí mismo no llorar, ni suplicar, ni...
- ¿Te gusta la playa? -preguntó el capitán, abriendo una carpeta.
Smith no comprendió la pregunta. El capitán le dirigió una mirada, obligándolo a responder.
- Sí, bueno... he engordado últimamente, pero... en general...
- Bien. Una vez te oí en el vestuario que te gustaría follarte a Sonia Mendes, ¿no?
Enrojeció.
- Tranquilo, no pasa nada.
Sonrió. Hacía calor en el despacho.
- Ella será tu superiora. Es simpática, comprensiva y tiene un culo como para partir nueces... Te tocará patrullar las playas, evitar peleas de surferos y cuidar de las toallas que dejan en la orilla. Habría que ser subnormal profundo para hacerlo mal, ¿no?
Smith se acordó de su hermano discapacitado.
- La Mendes, una vez a la semana, se pasa por ahí, a ver qué tal va todo. Le gustan los tíos valientes, agresivos... así que, tú paséate con el quad, que vea que eres el puto amo... y se le caerán las bragas, chavalote.
Smith suspiro aliviado.
- Gracias, señor.
- Tranquilo, no me las des... El favor nos lo haces tú a todos nosotros, largándote a tomar por el culo...
Smith no sabía cómo tomarse ese comentario. Carraspeo. Y caminó hasta la puerta. Por la cristalera, vio a sus compañeros, sonriendo.
- Eso sí -dijo el capitán-, no hagas ninguna tontería, ¿eh, figura? Nada de errores. Ni uno. Si me llaman con alguna queja, te juro por mi madre que te hundiré en la mierda.

Una semana después, Smith se afeitó el bigote y llegó a su destino, saludo a sus nuevos amigos y se relajó. Sonia Mendes, siempre impresionante, lo invito a ir con ella a la playa. Le dio las llaves de un quad y se alegro al saber que nuestro hombre ya había conducido antes un cacharro como ésos.
- De mayor cilindrada, de hecho.
Ella le indico que, durante las próximas horas había que patrullar, de punta a punta.
- Tienes suerte -le dijo-, con este tiempo, está prácticamente vacía.
- Allá voy, capitana. Le daré mi informe esta tarde.
- Bien. Estaré vigilándote desde aquí -sonrió ella, seductora, mostrando una videocámara.
Smith arrancó, se metió en la arena y se dijo a sí mismo, en voz alta:
- Tu grábame, putita, no me pierdas de vista... que vas a ver como conduce un hombre.

Publicado originalmente en Roncando en el Nostromo el día 11 de Junio de 2009.

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