sábado, 18 de julio de 2009

3. GORDON

- ¿No están muertos? –preguntó Smith.
- No. Afortunadamente...
- Ah, bueno, entonces no es tan grave... Le juro que...
- Claro que es grave. Ha condenado a un hombre a la silla de ruedas. De por vida. ¿Entiende? Le rompió tres vértebras, no sé cuántas costillas, un pie cercenado, la médula...
- ¿Lo he dejado parapléjico? Joder...
- Tetrapléjico.
Conoció a Gordon en unas charlas, de asistencia obligatoria, sobre derechos humanos, en Las Vegas. Congeniaron y dedicaron la semana a beber, follar con putas y destrozar la habitación del hotel. Pero de eso hacía ya diez años. No se habían vuelto a ver y el Hospital Central no parecía un buen lugar para recordar viejos tiempos. No después de lo que Smith había hecho.
Gordon abrió su maletín. Sacó dos carpetas y le dio una a Smith, que descansaba en la cama con la pierna en alto debido al esguince.
- Eso que tienes ahí es documentación que no vas a entender, porque la redactamos así a propósito. Básicamente, dice que dejas el cuerpo, que tienes que hacerte cargo de un montón de gastos y que es probable que termines en la cárcel. Una condena mínima: dos o tres años.
- ¿Quieren mandarme a la cárcel?
- Sí.
- Un poli en la cárcel es hombre muerto.
- Sí. He intentado rebajar ese apartado... por... en fin, por lo que sea... Pero quieren verte en la trena.
- Pero mi padre... y el capitán era...
- Todos te dan la espalda, Smith. Le has jodido la vida a un tío.
- ¡Eran yonkis, joder!
- No, era un mecánico.
- ...
- Y su hermano pequeño. Menor de edad. Tenemos una grabación...
- Joder. No puedo ir a la cárcel. Quiero un juicio justo... El instructor McCarthy... ¿Qué ha dicho él?
Gordon suspiró. Lo miró fijamente y le pasó la otra carpeta.
- Esto es un testimonio, incompleto, en el que testificas contra McCarthy.
- ¿Por qué? Es un poli con dos pelotas, no como esas mariconas de Asuntos Internos, que no saben lo que es la calle, ni cómo se tienen que hacer las cosas.
Nada más decirlo recordó que Gordon tenía un enchufe para trasladarse y ocupar un buen puesto, precisamente, en Asuntos Internos. Si estaba ahí, contándole todo eso, era porque, efectivamente, estaba en el ajo.
- Está metido en drogas –dijo Gordon.
- ¿Se droga?
- No... No lo sé, no es eso. Trafica con drogas.
- ¿McCarthy?
- Tenemos pruebas, pero son circunstanciales.
- ¿Qué pruebas?
- Léelo.
- Paso. No me interesan vuestras mierdas. Me queréis joder la vida a mí y se la queréis joder a él. Es mi amigo, ¿entiendes, Gordon?, ¿sabes lo que es eso? ¿Recuerdas lo que es eso?
- Tiene contactos con una banda organizada de Miami. Lo tenemos pinchado, pero no es legal y necesitamos algo de peso.
- ¿Y queréis que diga que yo sé algo?
- Sí.
- ¿Y me libraré de la cárcel?
- Sí.
- ¿Conseguiré un ascenso?
- Dejarás de ser policía. Pero tendrás una indemnización. Podrás montar... una panadería, un bar...
- Queréis que venda a un hermano para que me pase la vida sirviendo copas.
- A mí me da igual. Si no eres tú, será otro.
Gordon se levantó. Cogió su chaqueta y se dirigió hacia la puerta.
- Tienes hasta mañana para decirnos algo.
Y se largó. Smith abrió la carpeta.
La cerró de nuevo. Trató de incorporarse para mirar por la ventana, pero no pudo. Los sedantes que había exigido nada más ingresar lo habían atontado hasta convertirlo prácticamente en un vegetal. Ahora pasaban factura. Sacó la pierna de la correa, la tocó y la posó en el suelo. No le dolía. Ese puto médico de mierda tenía razón: no era un esguince.
Se levantó, abrió un armarito y sacó un paquete de tabaco de su pantalón. Abrió la ventana y sacó un cigarro.
- ¿No iras a fumar aquí, hijo de puta?
Smith se giró. Había otro paciente en la habitación, detrás de un biombo.
Se asomó: un viejo arrugado, enchufado a un millón de cables, lo miraba con odio.
- Policía cabrón, espero que te revienten el culo en la trena...
- Y yo espero que usted no vuelva a casa.
Y salió de la habitación.
Caminó por el pasillo, cruzándose con un montón de enfermos que llevaban sus penas a cuestas, hasta llegar a la zona de ascensores. Dos policías tomaban café junto a una máquina. Se dio cuenta de que estaban ahí para vigilarlo.
Putos traidores, pensó. Y se rascó el culo, que asomaba por la parte trasera del camisón.
Bajó por las escaleras pero se confundió de puerta y llegó hasta la zona de empleados de la limpieza.
- Eh, los pacientes no pueden estar aquí.
Dijo uno. Y se largó. Dejando la puerta entreabierta.
Smith entró, se quitó el camisón y se calzó unos pantalones que alguien había dejado ahí. Eligió una camiseta de su talla, un delantal... y se colocó una gorra de visera.
Se puso el cigarro en la boca y vio un cartel que indicaba que estaba prohibido fumar. No le importaba, pero pensó que Dios era un ser terrible y que, lo más probable, sería castigado si lo encendía.
Entró en uno de los vestuarios, y se asomó al baño. Parecía un buen lugar, salvo por los aspersores, que empezarían a soltar agua si captaban el humo. Bueno, sé cómo anularlos, se dijo.
- Oye, ¿dónde está Miguel?
Se giró. Un mejicano sacaba, sonriente, una fregona del armario.
- No sé, se habrá ido a cagar –dijo Smith.
- ¿Eres el nuevo?
- Sí.
- Ah, yo soy Andrés –dijo ofreciéndole la mano.
- Eh... Smith.
- Bien... ¿Por qué vas vestido así?
- No sé, ¿qué pasa? –dijo, dándose cuenta de que no se había puesto un uniforme de trabajo, sino la ropa de algún empleado.
- Nada, nada... Eh... Bueno, ya te han dicho qué hay que hacer, ¿no?
- Sí, claro, estoy al corriente de todo.
- Vale, pues ordena un poco la mesa y luego subes el carrito a la primera planta.
- Que sí.
Ordenar la mesa. Puto mejicano. Cogió una cartera y buscó dentro: “Roberto Rodrigo”. Cogió otra: “José Williams”... Todos eran inmigrantes. Este país se va a la mierda, nadie hace nada y, encima, Gordon quiere que declare contra McCarthy. En lugar de aplicar políticas de mano dura contra el crimen organizado se dedican a jodernos. Pues se van a joder ellos. Si tengo que ir a la trena, ya pediré dinero a alguien; con dinero ahí dentro eres Dios. Hablaré con McCarthy; él me ayudará. Nos caemos bien. Seremos como hermanos. Puto Gordon.
En el baño, vio la caja metálica que controlaba el acceso del agua a los aspersores. Cortó la llave de paso y golpeó la tapa con el puño. No se abría. Encendió el cigarro. Dio una calada. Le propinó una patada a la caja; tenía que abrirla para estar seguro de que todo estaba como tenía que estar. Le dio otra. La tapa se abrió.
Pero algo no iba bien.



Dejó al mejicano y subió a su habitación, corriendo. Entró; obvió el pitido que indicaba que algo no iba bien con el anciano; cogió una de las carpetas y la ojeó mientras abría el armarito; sacó su móvil.
Marcó.
- ¿Gordon? Oye... Sí, que ya lo he pensado... Claro, claro... Que se joda McCarthy y su mierda. Firmaré lo que sea. Sí, sí, cuanto antes...
Colgó.
Se quito la gorra, escondió los zapatos, se tumbó en la cama y se tapó con la sábana.
- ¿Qué pasa aquí? –dijo una enfermerá, sofocada, asomándose por la puerta.
- Este tipo, creo que está fatal. No he... No he podido avisar porque tengo un esguince y...

- Dios mío, justo ahora que... hay orden de evacuar... por una inundación... que ha reventado el sistema informático... Es un caos... Yo...
- ¡Venga ya! ¡Déjese de cháchara, imbécil! ¡Y que venga un médico, que éste se nos va!
Se fue. Smith cerró los ojos y pensó en su nueva vida: era, sin duda, un buen momento para abrir su propia agencia de detectives.


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sábado, 11 de julio de 2009

2. MCCARTHY

Rojo, verde, blanco... Es todo lo que Smith podía decir de esos coches: el color y la matrícula, nada más.
Quizá había llegado la hora de asumir lo que todo el mundo dio por hecho desde el primer día: no servía para policía.
Eran las siete de la mañana. No había tenido problemas para levantarse temprano porque no había pegado ojo pensando que, definitivamente, ésa era su última oportunidad de no tener que volver al pueblo, a la pescadería de su madre.
Ejercitó la mente, describiéndose a sí mismo el garaje de la central: poca visibilidad, una salida principal, dos... eh... un ascensor y escaleras, quizá... Una planta... Media docena de coches: dos con sirenas y los demás... de paisano... No, espera, no los llaman así... Secretos...
- ¿Agente Smith?
- Sí, perdón, soy yo... Estaba repasando mentalmente...
- Cállate.
El Instructor McCarthy, sin duda: en camiseta y pantalón de chándal, con coleta y sin ni una sola cana pese a sus sesenta años. Tenía fama de corrupto, pero nadie se atrevía a investigarlo.
- Así que eres tú... el que siempre la caga...
- ¿Eso pone ahí? –preguntó Smith, señalando el informe que el instructor ojeaba por primera vez.
- No sé qué pone aquí, porque a mí me la suda todo, hijo... ¿Me entiendes? Te han mandado aquí porque no vales ni para que te peguen un tiro...
- Bueno, es verdad que he tenido mala suerte... y es probable que mis anteriores...
- ¡Que te calles la puta boca, joder! ¿Qué hostias te has pensado? No soy un tío al que le tengas que hacer la pelota, imbécil.
- No era ésa mi intención, señor...
- Métetelo en la cabeza: no soy tu última esperanza... Soy tu castigo.
Smith enmudeció. Ese hombre se expresaba como él siempre había deseado.
- Elige un coche, nos vamos a dar una vuelta.
- Eh... Me es igual, no entiendo de coches.
- Ni yo. Ni nadie en esta puta ciudad. Vamos al rojo, que es inglés y tiene el volante al otro lado. Tú conduces -le dijo lanzándole la llave.
Salieron a la calle. Estaba amaneciendo, Smith no se aclaraba conduciendo un coche tan raro y la ciudad apestaba a borracho.
- Sube la puta ventanilla, Smith, que esta pocilga de ciudad huele a pota fresca.
- Sí, lo he notado, señor –contestó Smith, mientras caía en la cuenta de que desayunar un par de donuts secos no había sido una buena idea.
Subieron por la Avenida Principal. McCarthy miraba al infinito mientras encendía un puro enorme. Smith, nervioso, señaló a un grupo de travestis que se peleaban en una esquina.
- No pares. Que se maten entre ellos, putos maricas. Entra en la siguiente y tira hacia el centro comercial.
Y así lo hizo. El coche tiraba bien, aunque se notaba que tenía sus años.
- Escucha, estás de suerte, muchacho... Después de lo que hiciste... En fin... Te han mandado aquí porque quieren que te apriete las tuercas para que desaparezcas sin reclamar nada. Quieren dejarte en bragas.
- Pero... En realidad, sólo estropeé un quad...
- Sí, es lo que han puesto en el informe oficial... pero... tiene gracia... ¿en serio crees que te han expedientado por eso? -se carcajeó-. Joder, eres idiota... Saben que acosaste a Sonia Mendes. Todos lo sabemos: entraste en su vestuario, sin pantalones, lloriqueando no sé qué historias...
Smith enrojeció y los ojos se inundaron de lágrimas que McCarthy no vio gracias a las rayban. ¿Por qué no había sido capaz de ver que el coche rojo era inglés?, ¿qué mierda de policía no se da cuenta de una cosa así?
- Oye, que no te culpo. Esa putilla tiene un cuerpo que volvería loco a cualquiera... Y sé lo que me digo: me la tiré un par de veces, hace tres años. Me cago en Dios, cada vez que le iba a bajar la regla entraba en celo la muy perra...
- Sólo le... le pedí una cita. Ella lo interpretó todo mal porque...
- Me da igual tu mierda –cortó McCarthy-. Te quieren empapelar. Y para eso estoy yo... Pero esta vez se van a joder. Llevo cuarenta años haciendo el trabajo sucio, ¿sabes a qué me refiero?
- Sí –contestó Smith, aunque no tenía ni idea.
- Tengo mis ahorros, mis negocios... y una furcia de veinte añitos esperándome en Miami. Pero no me dejan; reducirán mi pensión a la mitad si me piro ahora... Joder, yo limpié esta ciudad de negros. ¿Sabías eso? Los mandé a todos al otro lado del río... y... Y así me lo pagan...
- Es un oficio duro.
- Qué sabras tú...
Smith frenó en seco. McCarthy fumo su puro.
- Señor...
- ¿Qué pasa, hijo?
- Haga de mí un policía de verdad. Deje que demuestre a todos esos burócratas de mierda que valgo para esto.
La radio dio un chispazo.
- McCarthy, ¿estás ahí?
- Sí, ¿qué pasa, Mary? –dijo al micro.
- ¿Estás con el nuevo?
- Sí. ¿Qué pasa?
- Dos yonkis, hombre y mujer, en la cuarta. Han robado a unos críos.
- Nosotros nos encargamos.
- Puedo llamar a Welsh, si andáis liados...
- He dicho que nosotros nos encargamos.
- Vale. Cierro.
McCarthy miró a Smith. Se atusó el bigote y señaló un callejón.
- Por ahí atajaremos.
Smith cerró los ojos y suspiró. Arrancó y, saltándose dos semáforos en rojo, enfiló por el callejón.
- Escucha, Smith. No sé qué te habrán enseñado, pero aquí las cosas se hacen a mi modo. Aquí nadie te va a decir nada si sueltas un par de hostias a un hippy. Mano dura. Dura de cojones... Es lo que necesita este lugar.
- Estoy de acuerdo, Señor. La gente decente paga sus impuestos para poder caminar tranquilamente.
- Bien, bien... Hoy alguien va a recibir lo suyo. Coge toda esa rabia contenida y sácala fuera; estámpasela en la boca al primer hijo de puta que no entienda quién manda aquí.
- Sí, señor, ya verá, los tengo cuadrados. Joder, mierda, a mí no me tiembla el pulso cuando las cosas se ponen crudas...
Pasaron la rotonda de las discotecas y adelantaron una furgoneta. El olor a puro era insoportable y Smith odiaba a todo el mundo: a los negros, a sus padres, a sus primos intelectuales y, sobre todo, a esa zorra de Sonia Mendes...
- Eh, ¡ahí están! –señaló el instructor.
- ¿Dónde?
- En la parada de autobús.
- Los veo, los veo... ¡Joder! ¡Los voy a matar! ¡¡Putos cerdos!!
- Espera, espera...
- ¡¡Los voy a matar!!
- Pero... ¿qué cojones haces, subnormal? –preguntó McCarthy, horrorizado.

Publicado originalmente en Roncando en el Nostromo el día 9 de Julio de 2009.

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1. SONIA

- No, me cago en Dios, no quiero que me expliques nada...
- Pero Señor, la vieja...
- ¡Y no la llames vieja!
- Perdón. La anciana... ella intentó...
- Ya sé lo que intento. Todos lo sabemos, joder, ¿es que no te das cuenta? Ha salido en las putas noticias...
Smith no aguantaba más. Esa gente, ese trabajo... Él pensaba que el cuerpo iba a darle la oportunidad de demostrar de qué material estaba hecho. Poner multas y dirigir el tráfico no era el tipo de vida con el que soñó cuando decidió, a los diez años, ser policía.
- ¿Y no podemos... no sé... demandarlos? Digo yo que tendré derechos de imagen, ¿no? No pueden llenar sus programas con grabaciones en las que salga una persona que no quiere salir, ¿no?
- En serio, Smith, ¿crees que voy a cagarla así?
- No sé... yo...
- Dios... Prometí a tu viejo que cuidaría de ti, pero es que es una tras otra, ¿lo entiendes? Y esta vez... No estamos hablando de robar material de oficina, o beber estando de servicio... Has agredido a un ciudadano. Me cago en la puta... “Servir y proteger”, ¿te suena de algo eso?
Smith mo respondió. No sabía qué decir.
- No puedo seguir cubriéndote, hijo.
- Me... ¿va a expedientar?
- No... No creo. Mira, si metiéndote un puro supiera que se iban a arreglar las cosas... Pero yo ya... paso. Que se ocupe otro de ti.
Smith contuvo las lágrimas. Se prometió a sí mismo no llorar, ni suplicar, ni...
- ¿Te gusta la playa? -preguntó el capitán, abriendo una carpeta.
Smith no comprendió la pregunta. El capitán le dirigió una mirada, obligándolo a responder.
- Sí, bueno... he engordado últimamente, pero... en general...
- Bien. Una vez te oí en el vestuario que te gustaría follarte a Sonia Mendes, ¿no?
Enrojeció.
- Tranquilo, no pasa nada.
Sonrió. Hacía calor en el despacho.
- Ella será tu superiora. Es simpática, comprensiva y tiene un culo como para partir nueces... Te tocará patrullar las playas, evitar peleas de surferos y cuidar de las toallas que dejan en la orilla. Habría que ser subnormal profundo para hacerlo mal, ¿no?
Smith se acordó de su hermano discapacitado.
- La Mendes, una vez a la semana, se pasa por ahí, a ver qué tal va todo. Le gustan los tíos valientes, agresivos... así que, tú paséate con el quad, que vea que eres el puto amo... y se le caerán las bragas, chavalote.
Smith suspiro aliviado.
- Gracias, señor.
- Tranquilo, no me las des... El favor nos lo haces tú a todos nosotros, largándote a tomar por el culo...
Smith no sabía cómo tomarse ese comentario. Carraspeo. Y caminó hasta la puerta. Por la cristalera, vio a sus compañeros, sonriendo.
- Eso sí -dijo el capitán-, no hagas ninguna tontería, ¿eh, figura? Nada de errores. Ni uno. Si me llaman con alguna queja, te juro por mi madre que te hundiré en la mierda.

Una semana después, Smith se afeitó el bigote y llegó a su destino, saludo a sus nuevos amigos y se relajó. Sonia Mendes, siempre impresionante, lo invito a ir con ella a la playa. Le dio las llaves de un quad y se alegro al saber que nuestro hombre ya había conducido antes un cacharro como ésos.
- De mayor cilindrada, de hecho.
Ella le indico que, durante las próximas horas había que patrullar, de punta a punta.
- Tienes suerte -le dijo-, con este tiempo, está prácticamente vacía.
- Allá voy, capitana. Le daré mi informe esta tarde.
- Bien. Estaré vigilándote desde aquí -sonrió ella, seductora, mostrando una videocámara.
Smith arrancó, se metió en la arena y se dijo a sí mismo, en voz alta:
- Tu grábame, putita, no me pierdas de vista... que vas a ver como conduce un hombre.

Publicado originalmente en Roncando en el Nostromo el día 11 de Junio de 2009.

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