jueves, 27 de agosto de 2009

5. JEROME

Smith salió de la tienda y se dirigió a su vehículo, malamente aparcado a la entrada de la gasolinera, mientras pensaba que, quizá, su compra no era la más indicada para adelgazar: ganchitos, tortitas, chicles, mantequilla de cacahuete...
- Eh, cabrón, ¿te parece un buen sitio para dejar el coche?
Smith se giró, asustado, y descubrió a un tipo enorme, sonriente, vestido con el modelo de camiseta que empezó a llevar a los veinte y nunca se quitó, ni para el bautizo de su sobrino: la negra, de fútbol, con el número 25, bien grande, en el pecho.
- ¡Jerome! Siempre con el uniforme, ¿eh? –se alegró Smith, que siempre se había preguntado a quién pertenecería ese dorsal.
- ¿Qué pasa, capullín? –le dijo Jerome dándole un abrazo.
Se conocían de toda la vida. Eran vecinos y, gracias a la amistad que unía a las familias Jerome le salvó el culo en el colegió en varias ocasiones. Hasta que los echaron, a los dos, por hacer un agujero enorme en el vestuario de las chicas.
- Vamos tirando, amigo... Acabo de llegar, como quien dice... ¿Tú sigues en el barrio? –preguntó Smith.
- Más o menos. Es que los jueves tengo terapia.
- ¿Por darle al frasco?
- No, qué va... Es que le partí la cara a un imbécil que no dejaba de poner música de mierda a todo volumen...
- ¿Y por eso vas a terapia?
- Me detuvieron y, como tenía antecedentes... En fin, era eso o la trena.
- Joder, ¿Cuándo pasó? Haberme llamado, te hubiera tocado el informe o lo que fuera...
- Lo pensé, lo pensé... pero justo apareciste en las noticias por lo de la anciana...
- Ah, ¿eso? No fue nada... No te creas todo lo que dicen en la tele... Joder, la vieja daba cobijo a terroristas y todo formaba parte de una operación encubierta...
- ¿En serio? –se sorprendió Jerome.
- Coño, ¿tú qué crees? Controlamos las emisiones de televisión y lanzamos los mensajes que nos interesan. La guerra contra el terrorismo no se hace en las calles... Es estrategia pura.
- Hostias, pues pensé que te habían despedido...
- Ná, todo lo contrario. Me mandaron a las playas, a vivir la gran vida hasta que se programase otro operativo... Pero los mandé a la mierda... Y he montado mi propio negocio: ahora soy detective; tengo mi propia agencia, hermano -dijo sonriente.
- ¡Anda!, ¿y dónde está?
- ¿Quién?
- La agencia... La oficina...
- Ah, bueno... Aún no tiene presencia física. Estoy evaluando la cartera de clientes potenciales para situarla en el lugar conveniente... Pero, esto no es importante... Dime, ¿cuánto tiempo tienes que acudir a esas charlas o... lo que sea?
- Terminé hace seis meses, pero sigo yendo porque me viene muy bien. Ya sabes, el problema es que no era capaz de canalizar la frustración. Me era más sencillo dar un par cachetes al crío en lugar de escucharlo y esas cosas.
A Smith se le escapó una carcajada.
- ¿Qué pasa? –preguntó Jerome.
- Pues que te están comiendo el coco.
- Yo no lo veo así, tío. Ahora entiendo que la violencia no es el camino para...
- Joder, no me sueltes chorradas: la violencia no es mala en sí misma. Sólo hay que tener cabeza para aplicarla correctamente...
- No tío, estás equivocado. Y aunque no lo estuvieras, el juez fue claro de cojones: si me pillan en otra trifulca me aplicará un castigo ejemplar...
- ¿Cómo te van a pillar?
- Cojones, tú deberías saberlo. Todo está lleno de cámaras y...
- ¿Cámaras?, ¿te refieres a estas cámaras? –dijo Smith, señalando.
- ...
- Son todas de mentira, tío... Hazme caso, con la crisis que hay, ¿en serio crees que estas mierdas de empresas pueden pagarse un sistema de seguridad? En serio, Jerome, me dedico a esto. Superviso a varias empresas y... No lo digas por ahí... Más del ochenta por ciento de las cámaras son falsas.
- Vaya...
- Y ahora piensa un poquito: somos estadounidenses... Tenemos obligaciones morales... ¿Qué crees que hacen nuestros marines cuando van a Nicaragua, Irak o... donde sea?, ¿parlamentar? No, tío, van a ser violentos. A dar lecciones. Los héroes de nuestra nación no consiguieron la independencia a base de tratados. Fue la sangre de los enemigos la que regó el árbol de... lo que sea... Y los negros... Hostias, seguirían recogiendo el puto algodón si fueran como tú... Pero alguien, con cabeza, decidió que era suficiente. Que ya bastaba de humillaciones y sinsentidos... Violencia inteligente: es la respuesta; hazme caso. Y que les den por el culo a todos.
- Eh...
- Bueno, ¿te llevo a algún lado?
- No, no... Estoy con mi cuñado... que se ha quedado haciendo cola en la tienda.
- Ah, joder, pues salúdale de mi parte...
- Sí, he salido porque había unos negros montando bronca y...
- ¡Ja, ja, ja! Jerome, antes repartías unas hostias como panes... Me hace gracia ver en qué te has convertido –dijo Smith metiéndose en el coche.
Mostró su pulgar, arrancó y salió de la gasolinera dándose cuenta de que se había olvidado preguntar el nombre del jugador al que Jerome homenajeaba a diario.
Jerome, aturdido, se dirigió a la tienda.

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martes, 25 de agosto de 2009

4. LA CARRERA

- Perdone... ¿No viene usted a ver a Laura?
- No, Enrique... vengo a ver a su padre -dijo Smith.
- De acuerdo, espere un segundo.
- ¿Está aquí... ella?
El mayordomo se detuvo y, sin girarse, contestó con desdén:
- Sí, la Señorita Laura está de visita, organizando los preparativos.
- Bien, bien, mejor... Bueno, no, mejor no... pero da igual... o sea... Llame al Señor Henderson, hágame el favor, amigo.
Enrique se perdió, incrédulo, en el interior de la mansión. Smith alejó cualquier pensamiento extraño, observando el exterior de la finca. No le importaba Laura; era agua pasada. Ni una lágrima más para ella.
Hacía ocho años que no visitaba a los Henderson y todo seguía igual. Igual de bien: viñedos, caballos, hostelería y empresas de todo tipo. Todo el mundo parecía trabajar para esa familia y, año tras año, aumentaba el pedazo de planeta que poseían. Estaba en el lugar preciso, pensó.
Alguién gritó en el jardín. Smith se pasó la mano por la cabeza, tratando de peinársela y llevarse el sudor.
Conoció a Laura durante una excursión con los boy scouts; ambos tenían quince años y se cayeron bien de inmediato. A los diecisiete eran novios. A los diecinueve estuvieron a punto de hacer el amor y decidieron esperar a casarse para empezar a tener hijos. A los veinte Smith confesó que quería ser policía y, dos meses después, el que iba a ser su suegro le hizo la vida imposible. Laura rompió la relación poco después y nada más supo de ella.
- ¿Qué cojones haces aquí?
- Señor Henderson, buenos días -contéstó sonriente.
Norman Henderson era un empresario multimillonario con un montón de gente a su servicio. Un hombre atractivo, viril y despiadado: nunca cambiaba de opinión; nunca repetía las cosas. Rodeó a Smith. Lo miró de arriba a abajo.
- Estamos muy liados, Johnny. Laura se va a casar el mes que viene... Con Mark, un chico estupendo...
- Entiendo, pero... No he venido por eso, Señor.
- ¿Ah, no? -se sorprendió el Señor Henderson.
- No, no... Su hija ya no me interesa. Me rompió el corazón y... aprendí a vivir con ello.
- De acuerdo... Están fuera, en la piscina... ¿Quieres pasar a saludar, poli?
Por alguna razón, el Señor Henderson odiaba a la policía. Quizá tenían algo que ver sus contactos con la mafia, relación que le permitió amasar esa terrible fortuna en tan poco tiempo.
- Ya no soy poli.
- ¿En serio?
- Lo he dejado, tengo... un negocio en mente.
El Señor Henderson se acercó a Smith. Parecía contento.
- Espera, espera... ¿Para eso has venido?, ¿no quieres ver a mi hija?
Smith carraspeó, ofreciéndole la bolsa de plástico que traía de casa.
- ¿Qué es esto?
- Una merluza. Mi madre se ha... Bueno, me ha dicho que a usted le gusta la merluza y cuando se ha enterado de que iba... en fin... la pescaron... no sé... Tiene buena pinta. Es de nuestra pescadería, ya sabe... la mejor de la zona, dicen...
- Sorprendente. Pasa –dijo el Señor Henderson dándole la bolsa al mayordomo.
En el jardín, Laura y Mark se besaban bajo una de las sombrillas.
- Esas manos quietas, amigo –dijo el Señor Henderson.
- Perdón, Señor, pero es difícil resistirse -sonrío, teatral, un hombre de unos treinta, guapísimo de melena rubia.
- ¿John? –preguntó Laura, sorprendidísima.
- Laura –contestó Smith, serio, haciéndose el interesante.
- ¿Qué... Qué haces aquí?
- Ha venido a participar en la carrera –dijo el Señor Henderson.
- ¿Ah, sí?
Smith no contestó. Sabía que no había que contradecir al Señor Henderson. Se sentó en el suelo y abrió una cerveza. Sudaba como un cerdo.
- Hola, soy Mark Wiggs, arquitecto.
- Smith.
- Es policía –dijo Laura.
- Ya no –dijo su padre.
- ¿Ah, no?
- No. Ahora me dedico a... otros menesteres.
- Ahora trabaja conmigo. Porque es un tío con pelotas, no un vago, ¿entiendes Mark? John Smith sabe lo que quiere, sabe levantar la cabeza y agarrar la vida por los cojones. No es un puto marica.
Smith escondió su nerviosismo tras la cerveza, que apuró de un trago.
Mark, ofendido, se puso en pie.
- De acuerdo, Señor Henderson, usted gana: correremos esa carrera. Y si gano yo, me casaré con ella. Y usted lo aceptará.
- Y si pierdes, sales de esta puta casa y dejas de ver a mi hija.
- De acuerdo.
- ¡Mark!
- Tranquila, llevo toda la vida conduciendo lanchas. Usted ponía las reglas: ¿algo que debamos saber?
- Que vamos por parejas.
- ¿Qué significa eso?
- Que vosotros vais en la de Laura y mi amigo Smith y yo en otra.
- Vale.
- Mark, no sé... John es poli.
- Era poli –corrigió Smith.

Media hora después, mientras Laura y Mark navegaban en círculos, Smith echaba un vistazo al casco que le había tocado.
- Parecen del futuro, ¿eh?
- ¿Qué dices?
- Eh... no... Señor Henderson, respecto a las razones que me han llevado a visitarle hoy...
- Déjate de chorradas. Quieres dinero, ¿no?
- Sólo un préstamo. Parece que un error burocrático está retrasando el cobro de mis...
- Hazme ganar esta carrera y te daré cincuenta mil dólares.
- Joder...
- Eras bueno con estas cosas, ¿no?
- Sí, sí...
- Pues venga...
- Ah, pero... ¿tengo que conducir yo?
El Señor Henderson se quitó el casco. Se acercó a Smith y lo agarró del cuello.
- Escucha, imbécil. Me caes mal desde el primer día que te vi. Eso lo sabes, ¿verdad? Pero a ese Mark, el arquitecto de la mierda puta... ¡Joder! A ése lo odio con toda mi alma. Sé reconocer a un hijo de perra ladrón en cuanto lo veo y tengo muy claro que ese rubiales no se va a quedar con el coño de mi hija... y mucho menos con mi dinero.
- Entiendo... Señor. A mí tampoco me parece trigo limpio; mis años en el cuerpo me han ense...
- Ahora quiero que entiendas una cosa: me juego mucho en esta carrera. Soy un hombre de palabra y tendrás tu premio... Pero si perdemos...
Soltó a Smith. Sonrió.
- Hace tiempo me dijeron que eras bueno conduciendo cualquier cosa... ¿Es cierto?
- Claro, claro... Norman...
- ¿Podemos ganar esta carrera?
- ¿Por cincuenta mil?
- Sí.

Arrancan. Enrique, desde el helicoptero, da la salida. Concentración. Smith ruge, es un tiburón, enorme, asesino. El mar, humillado, se abre ante él, le deja paso. Su mente, en blanco, le indica el camino. El tiempo se detiene. Va a ganar la carrera. Zen. Dios. Partículas subatómicas. En la tercera vuelta, a quinientos metros de la meta y con diez segundos de ventaja sobre la lancha de Mark y Laura, se da cuenta de que, por fin, las cosas van a ir bien. Llora de emoción, de poder; piensa en el Señor Henderson, en lo buen tipo que parece. Y en Laura, en que nunca la ha visto desnuda:

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