domingo, 25 de julio de 2010

10. EL AYUDANTE

- Smith se arrodilló tras un arbusto.
Tomó aire y asomó lentamente la cabeza.
Ahí estaba, el tío de la foto, ¿cómo se llamaba? James. Eso es, el cerdo infiel.
Era su primer caso como detective. No había sido exactamente contratado, pero pensó que, mientras montaba la oficina y diseñaba las tarjetas, no le iría mal un poco de entrenamiento.
Cuando cogió el teléfono para pedir una pizza, la otra tarde, escuchó una conversación que su madre y Sophie Wilkins, una amiga de la familia, estaban manteniendo en ese mismo instante. En lugar de colgar, Smith había escuchado atentamente todas y cada una de las acusaciones de Sophie hacia su marido.
Estaba convencida de que tenía un lío.
Samuel Robertson cayó junto a él, sudoroso, agotado.
- Joder, Sammy, estás más gordo que la hostia- dijo Smith.
- Lo siento, John... yo...
- No me llames por mi nombre.
Smith lo miró.
- ¿Es ésa la indumentaria?
- Sí, estuve aquí ayer y robé un uniforme... Y... Bueno, eso quería comentarte... ¿No será peligroso?
- ¿El qué?
- Pues que... Si ayer me vieron por aquí, vuelva ahora, vestido precisamente con el unifor...
- No digas chorradas, ¿quién cojones se iba a dar cuenta?
- No sé... O sea...
- Pásame los prismáticos.
Smith miró la carretera. Eran las cinco de la tarde, y todo estaba en calma. Si los datos eran correctos, el cerdo iría al gimnasio tras comer con la guarra, como todos los días. Y, como todos los días, pagaría él, porque es lo que se hace en estos casos.
Si conseguían el ticket, tendrían una prueba irrefutable para pillarlo con el culo al aire.
- No entiendo muy bien por qué hacemos esto, John- dijo Samuel.
- ¿Qué no entiendes?
- Pues eso, no sé por qué hacemos esto... ¿No sería mejor fotografiarlos mientras están comiendo, por ejemplo?
- No, eso es una chorrada.
- Pero, es que...
- Calla, ya llega.
Efectivamente, James Wilkins, el cincuentón adúltero cruzaba la esquina que daba al gimansio y entraba en él, satisfecho, como quien acaba de echar un polvo.
Smith dejó los prismáticos en el suelo y sacó un cronómetro.
- Vale, ya está. Llegó tu hora.
- Pero...
- Cojones, Sammy... ¿Tú quieres dedicarte a esto o no?
- No sé... Sí... No sé... Eh... Igual no...
- Pues te lo piensas luego, ahora vamos a lo que vamos... No me obligues a hundirte, amigo... No sabes la información que tengo de ti, la de mierda que puedo sacar a la luz...
- ¿Qué?- preguntó Samuel, asustado.
- Tranquilo, no diré nada. Somos un equipo, ¿vale? Bien, pues ahora, recuerda: vas a su taquilla, fuerzas la cerradura como te he enseñado, registras su cartera y coges sólo el ticket... El comprobante de... bueno, lo que sea, ¿vale?
- Vale, vale... Lo haré lo mejor que pueda.
- Bien.
Y Samuel se levantó, a duras penas, y cruzó la calle.
Smith colocó los prismáticos ante sus ojos y miró. ¿Cómo iba a ser su ayudante ese gordo analfabeto con coleta? Virgen Santísima, si parecía una mesa camilla. ¿Y esa camisa azul? Si las del gimnasio eran rojas, ¿no? Joder, pénsó, eres la cosa más idiota que me he echado a la cara... Sammy, se dijo, vas a repartir pescado toda tu puta vida... En fin, eso es, entra y tráeme algo que pueda enseñar a Sophie la cachonda, algo que me asegure una mamada por lo menos.

Puedes descargar el vídeo aquí.

2 comentarios:

Patricia Howell dijo...


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